El domingo por la mañana, la plaza del pueblo estaba llena de gente y música. Era el día del festival de los colores, una celebración donde todos lanzan polvo de colores brillantes y bailan juntos.
Sofía, una niña de diez años, estaba emocionada porque era la primera vez que participaba. Su abuelo le había contado que este festival era especial para toda la comunidad, una tradición que unía a todos.
Cuando comenzó la fiesta, Sofía lanzó un puñado de polvo azul a sus amigos y luego recibió polvo rojo en el pelo. La plaza se llenó de risas, baile y mucho color. Sin embargo, mientras la celebración avanzaba, una nube de polvo cubrió a todos y Sofía tuvo problemas para ver.
Se perdió de sus amigos y empezó a caminar sin rumbo, sintiéndose un poco asustada. La música y los colores seguían a su alrededor, pero la niña no sabía cómo regresar a su familia.
De repente, escuchó la voz de su abuelo llamándola desde el otro lado de la plaza. Sofía comenzó a caminar hacia el sonido y, poco a poco, la visión se aclaró.
Cuando se reunieron, su abuelo le explicó que en el festival la atención es importante para no perderse, pero que también es una celebración para disfrutar sin miedo.
Sofía sonrió y decidió seguir bailando con la gente, aprendiendo que, a veces, perderse un poco puede ser parte de la aventura.
La tarde terminó con la plaza llena de colores y personas felices, y Sofía guardó un recuerdo lleno de alegría y nuevos sentidos para compartir con su familia.