La neblina cubría lentamente las calles empedradas del antiguo barrio, mientras las luces titilaban creando un ambiente misterioso y casi mágico.
Marcos recordaba con cierta nostalgia las celebraciones de Halloween que se organizaban en su ciudad cuando era niño. Este año, decidió no asistir a la fiesta tradicional, esa donde todos se disfrazaban y bailaban sin pensar mucho en lo que realmente significaba la noche.
En cambio, fue invitado a una pequeña reunión en una casa antigua que se decía estaba embrujada. Llegó con cautela, con una máscara de cuero que apenas dejaba ver sus ojos, dispuesto a vivir una experiencia diferente.
La casa estaba decorada con calabazas talladas y velas que proyectaban sombras inquietantes. Pero pronto notó que las personas reunidas no buscaban asustar a nadie, sino compartir relatos extraños y experiencias inquietantes, como si la noche fuera un portal entre lo real y lo imaginario.
Mientras escuchaba un cuento sobre un espíritu errante, Marcos sintió un escalofrío que no pudo explicar. No era miedo, sino una mezcla de curiosidad y respeto por lo desconocido.
La velada se prolongó y, cuando se acercaba la medianoche, nadie se atrevía a romper el silencio absoluto que había caído en la sala.
Finalmente, Marcos salió al exterior, dejando atrás las máscaras y voces susurrantes, con una sensación rara: no había encontrado las bromas ni juegos típicos de Halloween, pero sí algo más profundo, una reflexión sobre la frontera entre la vida y la muerte, lo visible y lo invisible.
Esa noche comprendió que a veces las celebraciones no necesitan ser alegres o ruidosas para ser memorables; pueden ser también momentos para conectar con aquello que nunca dejamos de cuestionar.
Con la neblina disipándose, regresó a casa preguntándose qué relatos contaría en futuras noches de Halloween y cómo cambiaría su manera de ver esa fecha.